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12.03.2007

EUFEMISMOS PARA LA PALABRA VAGINA


Por Romina Reyes A.

Hemos acostumbrado por mucho tiempo a metaforizar todo lo que se encuentra debajo del ombligo. Hasta ahí, todo es políticamente correcto. Hacía abajo, la cosa se pone turbia.
Borremos esas feas palabras del lexico social, porque son cosas que están ahí, que todas tenemos, pero mejor no nombrarlas, porque la V word suena tan... vulgar; mejor digámosle choro, chorito para los más cariñosos; chonfla o chonflis, fifi para las viejas cuicas, concha para los clásicos, coño para los europeos, sapo o zorra para los amantes de los animales; la chauchera o la sonrisa vertical, porque ni siquiera Word reconoce la palabra vagina. ¿Será que Bill Gates salió de la concha de su madre?
Comencemos a llamarla por su nombre, basta de omitirla y de cubrirla en las conversaciones, al igual como suele ocultarse todo lo femenino a menos que, claro, esto signifique dos pechos muy grandes o un culo en colaless ad portas de un koala.
Dígala, son sólo tres sílabas: Va-gi-na. Ahora, sin sonrojarse. No existe razón para avergonzarse de lo que guardamos entre las piernas, todo porque desde pequeñas nos meten en la cabeza que hay que mantenerlas juntas y bien cerradas, porque si no se ve "feo". No se ve feo, simplemente se ve parte de lo que somos, sin eufemismos de por medio.

11.29.2007

QUIEN TE CUIDA LA CASA

Quien te cuida la casa, te alimenta a los niños, lava y plancha la ropa, te calienta la comida y por poco te la da en la boca. Quien permite que veas la teleserie, las noticias, y por la noche, te duermas y sueñes con la bendita estabilidad.

Por Romina Reyes Ayala.

La “nana” peruana se ha convertido en un cliché capitalino. Aquella de piel más morena que el común de los santiaguinos, rasgos andinos y gestos cordiales, que acompaña de un “pues” todas sus respuestas a las patronas que viven de Tobalaba hacia arriba. Peruanas y peruanos que se agolpan a los pies de la Catedral de Santiago, haciendo del centro de nuestra capital una colonia peruana en la que una, como transeúnte, se siente algo ajena.

¿Qué tiene Chile que atrae a tanto inmigrante? ¿Será acaso que el verso mítico de Si vas para Chile es más cierto de lo que alcanzamos a reconocer? Pues es evidente que no. Se sabe que nosotros, los chilenos –los europeos de Latinoamérica- tenemos un complejo de superioridad con los vecinos del norte, quienes, aun y con todos los estigmas que se les graban a la piel en tierras chilensis, siguen llegando como masa en busca de trabajo.

Inmigrantes, indocumentados, “ilegales”. Las tres i que resumen una realidad que a pocos les importa a la hora de emplear. El inmigrante triple i es mano de obra más barata que cualquier otro nacional. Ya sea como clásica “nana”, obrero o cualquier otro trabajo menor, el inmigrante gana a la hora de conseguir dichos trabajos tan sólo porque acepta hacer más por menos. Para cualquiera, es un negocio redondo.

El poco sueldo que aceptan es, sin embargo, vital para ellos y para quienes los esperan en su tierra aborigen. Así, las remesas llenan los estómagos de los niños que esperan en la casa, al otro lado de la frontera. Estas son el dinero enviado por los emigrantes a su país de origen, siempre y cuando sea enviado a cambio de nada tangible; es decir, como regalo.

Es tal el caso de las migraciones, que en algunos países, las remesas se han convertido en algunas de las fuentes principales de ingreso en la economía nacional. Tal caso no deja de ser preocupante, pues habla de la vulnerabilidad de la propia economía nacional para sustentarse, puesto que se sostendría de los egresos de otras naciones. No obstante, es una realidad, un indicador que nos sigue amarrando como continente al tercer mundo.

Es así. En países como Perú, Bolivia, México, la fuga de la mano de obra sigue siendo abundante; llegan a países con economías más sustentables a conseguir trabajo, aumentando la demanda, sosteniendo los precios, constituyendo esa franja social baja, la más baja en la pirámide, enviando a sus casas sueldos para mantenerlos a larga distancia y perpetuar un sistema que funciona así, con peruanos sentados en las paredes de la Catedral, con “nanas” de rostros incas lavando, planchando y sirviéndonos el té, para que nosotros sigamos siendo los jaguares del continente.

11.26.2007

ALERTA ROJA

Creen que somos princesas de sangre azul. Que todos los meses montamos sobre compresas inmaculadas. O que metemos en nuestra feminidad una pureza absorbente. Para los patriarcas de las toallitas, menstruamos en la clandestinidad.

Por Camila Larsen Esveile

La industria de la higiene menstrual se inició a finales del siglo XIX con la aparición de los primeros productos desechables. Pero es desde la década de los 70 que las ventas comienzan a consolidarse. Y con ellas, surge el mundo paralelo de la publicidad, donde las mujeres sangramos azul, olemos a manzanilla y nunca jamás decimos la palabra “menstruación”.

En la actualidad, existen tantos productos desechables como eufemismos. Tampones con aplicador o sin él, mini, regular, súper o súper plus; toallas ultra finas, normales, con aroma, con círculos antiderrame, con “flexi-alas” y con “malla-sec”. La regla, la enfermedad, el período, la indisposición. Ya sabes, esos días.

Para algunas mujeres, adquirir aquellos paquetitos rosados en público sigue siendo vergonzoso. ¿Para que los hacen tan lindos si al comprar uno te sientes como si estuvieras pasando droga en el aeropuerto? Sí, caballero, ando con la regla.

Estamos demasiado acostumbradas a los tampones, ya casi nunca vemos la sangre. Creemos que los protectores diarios protegen nuestra vagina, cuando solo nos cuidan los calzones. La industria de los productos menstruales desechables y el tabú de la higiene femenina también tienen alitas, tan fijos están que no nos preguntamos si son realmente necesarios.

La lógica corporativa se ha apoderado de la menstruación. Sus construcciones culturales nos hacen creer que debemos esconder cualquier indicio del ciclo femenino. Con productos que en cada comercial aparecen más compactos, casi invisibles. Con materiales de nombres futuristas y blanqueados, perfectamente puros. La sangre es absorbida por un misterioso gel. No hay nada entre mi toallita y yo.

Poco nos cuestionamos sobre los daños que acarrea el uso de 10.000 toallitas y tampones en el periodo fértil de cada mujer, porque la información es escasa. Se sabe que para el blanqueamiento de la celulosa y las fibras de algodón, se utilizan productos químicos que contaminan las aguas. Algunas toallitas contienen capas de polietileno o polipropeno que son plásticos derivados del petróleo difíciles de reciclar. Todo eso entre tus piernas.

Los tampones están hechos de algodón y rayón, materiales que desprenden fibras al interior de la vagina y pueden causar ulceraciones y resequedad al descamar la membrana mucosa de ésta. Además, su uso está asociado al síndrome de shock tóxico, una infección bacteriana que, si bien es muy rara, puede ser letal. Todo eso dentro de tu vagina.

A pesar de todo esto, cualquier elección que no sea plástica y descartable nos parece medieval. Pero las opciones existen, y con un poco de disposición pueden resultar muy prácticas, tanto para nuestra comodidad como para nuestra salud y el medioambiente. Una de ellas, puede ser retomar viejas tradiciones y actualizarlas. Eso es lo que hizo la chilena Tatiana Renom al comenzar a experimentar con las Ecoalitas, toallas higiénicas de tela de algodón que vende desde hace unos meses.

Conciente del daño ecológico causado por los productos desechables, Tatiana decidió dejar de usarlos y encontrar una alternativa propia. “Partí experimentando conmigo después de interrogar a mi abuelita y a mi mamá para saber como lo hacían ellas en su época. Hice varios modelos de prueba, pero era difícil porque tenia que esperar los 28 días para poder probar lo que hacia durante esos intermedios”, comenta. Para agilizar el proceso, les pidió a algunas de sus amigas que probaran las nuevas toallitas. Cuando estuvo lista, creó una página web por si encontraba alguna mujer interesada en cambiarse a esta alternativa. Y encontró muchas. “Si bien no vendo mil unidades al mes, creo que lo importante para mi es que la gente tenga ese cambio de actitud ante este mundo”.

Las ventajas de las toallas de género son muchas.Se evita generar una gran cantidad de desechos ya que duran alrededor de 5 años, y además se ahorra dinero. Al ser confeccionadas con un género de algodón, no causan irritación y no poseen ningún químico que dañe el medio ambiente o la salud. Y por mucho que confiemos en la tecnología de la toallita de plástico, no creamos que ésta opción es menos absorbente. En su interior poseen un género impermeable que impide que la sangre traspase hasta la ropa.

La menstruación no debería relacionarse con las mujeres saltarinas y sonrientes de los comerciales que ocupan tampones, pero no sangran y temen explicarles a los hombres o a sus hijas lo que le ocurre a sus cuerpos. Una mujer con miedo o vergüenza jamás podría saltar tan alto. Ese temor y timidez surgen de los tabúes y de la virtualidad del mundo publicitario. Por esa razón, depende de cada una cuánto queramos ocultar en el fondo del tarro de la basura.

Sangrar mes a mes no es un castigo, el flujo no es algo que debamos detener dentro de nuestros cuerpos o perfumarlo con químicos que huelen como flores. La sangre puede ser la emoción de dejar de ser una niña o el colorido recordatorio de nuestra fertilidad o, en el otro extremo, convertirse en el alivio de saber que no estamos embarazadas. No sigamos el juego de ocultarnos y hagámosle saber al mundo que nuestra sangre no es de color azul.